El Centro Internacional de Congresos de Yucatán, por sus características, está llamado a convertirse en un nuevo referente de la ciudad.— Influencia para revitalizar la zona

Por sus dimensiones, su arquitectura de líneas sencillas y su comunicación con el entorno, el Centro Internacional de Congresos de Yucatán está destinado a ser, cuando se inaugure el próximo año y se integre al vaivén cotidiano de la ciudad, un nuevo referente de Mérida.

La preocupación de los arquitectos Roberto Elías y Álvaro Ponce, autores del diseño, por la relación de la obra con el ámbito circundante llevó a dotarlo del espíritu hermético de los antiguos edificios de la ciudad, que no se abren completamente al exterior. El gran reto, confiesa Ponce Espejo, fue hacerlo un edificio en el que visualmente domina la masa, pero que es, al mismo tiempo, transparente de adentro hacia afuera.

“La estructura es evidentemente distinta a la arquitectura tradicional de Mérida, pero aun así, el uso de materiales de la región y el rescate de esa comunicación del interior con el exterior de una manera discreta, medio velada —por el tema del clima entre otras razones— lo identifican con la ciudad y lo convertirán en uno de sus símbolos”, dice, vía telefónica, Elías Pessah. “Se está creando un lenguaje arquitectónico distinto, utilizando los típicos materiales de la región, adaptados a esta nueva dimensión”.

Otro desafío importante fue lograr que el centro de congresos, un edificio masivo —como las grandes construcciones prehispánicas y coloniales de la ciudad— quede perfectamente integrado con la gran plaza de acceso y con el medio exterior. “O sea, metimos toda la plaza y todo el entorno para poderlos vivir dentro sin tener al edificio totalmente expuesto con vidrios y cristaleras, como se hace en otros lados”, apunta Ponce Espejo.

Será una construcción restañable, de nueva generación, no de moda que al rato queda descontinuada. Está diseñado, dicen sus autores, para que envejezca bien y se convierta al paso del tiempo en un clásico.

Obra perdurable

“Nuestro compromiso es buscar convenciones y negocios no sólo para los próximos tres años, tiempo que le queda al actual gobierno, sino para 2020, 2023, 2026… por eso es importante la permanencia de la obra, porque lo que voy a vender hoy necesito que funcione al 100% cuando sea utilizado en 2020”, comenta Saúl Ancona Salazar, secretario de Fomento Turístico, presente en la entrevista.

“Nuestra búsqueda fue siempre la pureza de líneas”, interviene, desde su despacho en Guadalajara, Elías Pessah. “Nuestra pregunta recurrente fue cómo le quitamos elementos, no cómo le agregamos, porque la intención era hacerlo cada vez más limpio. Creo que ejercerá una buena influencia en la zona, todo lo que se construya alrededor, aunque tenga su propia expresión arquitectónica, deberá dialogar con el entorno de manera honesta, elegante”.

El punto de partida, prosigue, fue crear un chasis de gran dimensión, adecuado a la talla de Mérida, porque la razón de ser del proyecto es proporcionar a la ciudad un edificio de nueva generación que le permita invitar a un público que hoy no puede atender. “Después pensamos en cómo adecuarlo a la fisonomía del entorno, al terreno, a las calles y avenidas, a las áreas verdes y edificios de la zona, esto es, integrarlo al medio ambiente. El chasis, la estructura es la que no podía ponerse en riesgo porque perderíamos el objetivo inicial. Partiendo de ese punto hicimos todo lo demás”.

Benéfica influencia

Es un edificio integralmente resuelto, cuidado hasta en su más mínimo detalle, estéticamente atractivo, cómodo y funcional, dotado con nuevas tecnologías y sustentable, dice Ponce.

“Queremos establecer un estándar para que el perímetro se empiece a regenerar y revitalizar. Buscamos que los vecinos lo copien o igualen y de esa manera mejorar la calidad de esa zona de la ciudad”.

“Se cuajó un proyecto de muy alto nivel. El tiempo nos va a juzgar, pero creemos —y los comentarios que estamos recibiendo van en ese sentido— que es un edificio amable, bien resuelto. Se dice que los errores de los médicos se entierran, pero los de los arquitectos se quedan para siempre. Dios quiera y este no sea uno de esos casos”, concluye el arquitecto tapatío.— Mario S. Durán Yabur

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