Los padres, esos seres tan especiales que nos ven llegar al mundo, muchas veces son los mismos seres que nos sacan de quicio. Lo sé porque mi relación con mi papá no era buena hasta hace un par de años, cuando decidí que ya estaba cansada de llevarnos del chongo.

La relación con nuestros padres es de esas que damos por sentado, sabiendo que como siempre van a estar ahí cuando los necesitemos, no sentimos la necesidad de tener que trabajar por ella.

Siento que la relación con los padres mejora conforme uno va madurando y se da cuenta de que, contrario a lo que nuestro yo adolescente nos dice, nuestros padres son todo menos el enemigo. De hecho, son los únicos que siempre, siempre van a estar de nuestro lado. O bueno, eso me gusta creer. También estoy consciente de que hay familias en las que los padres no son de los que dan prioridad a sus pequeños, léase, padres que no quieren ser padres.

Ahora, yo no sé cómo se lleven ustedes con sus papás. No sé si tienen a ambos padres, si se llevan bien con uno y con el otro no, si no se llevan bien con ninguno, o cual sea que sea su caso. Yo no sé nada de eso. Por eso estos cinco tips vienen más bien como los tips que yo seguí para mejorar mi relación con mi papá.

1. Obedece. Tonto ¿no? Pero es cierto. Por lo general en la adolescencia todos andamos vueltos locos queriendo jugarla a los rebeldes sin causa y nos creemos fregones por no hacerle caso a nuestros padres. Nos repiten mucho que ellos dicen las cosas porque “ya pasaron por ahí” y aunque suene trillado, es cierto. Ya pasaron por ahí, algo aprendieron y aunque no nos guste su manera de decirnos, es la verdad.

No se imaginan cuántas mamás  he escuchado decirles a sus hijas que se cuiden de los niños malintencionados, por ejemplo, y meses después escuchar a estas mismas niñas decir que fueron unas tontas. Simple lógica ¿no? Como que se nos olvida que nuestros papás buscan siempre nuestro bienestar y nos vamos con la idea de que sólo quieren molestar.

No te estoy diciendo que cumplas con lo que ellos dicen al pie de la letra, porque admitámoslo de repente dicen cosas que uno se queda como que WTF? Se trata de encontrar equilibrio. Las cosas que tu quieres hacer balanceadas con las cosas que tus papás quieren que hagas.

2. Hablando de balancear, aprende a comprometerte. Un ejemplo clásico de los compromisos padres e hijos es el de la hora de llegada. Tus papás ya te dejaron ir a la fiesta pero te dijeron que hasta las 12. Tú quieres quedarte mucho más tarde. Ahí es donde llega el compromiso. Ambos acuerdan una hora que les parezca razonable y listo. Ellos cumplen su parte dejando que salgas y tú cumples la tuya.

¿Un secreto? Entre más cumplas con tu parte, más confianza van a tener en ti tus papás. Más confianza, más libertad.

3. Guarda las garras. Sí, ya sabemos que estás grande, ¿pero en serio crees que lo sabes todo? Pasando la etapa de “no te metas, es mi vida” que sufrimos de pubertos, llega la etapa del “ya estoy grande.” Esta etapa se caracteriza por los aires de poderlo todo que nos dan, ya saben, las ganas de comernos al mundo. Si bien no está nada mal tener hambre de triunfar, sí está mal creer que nuestros padres están en nuestra contra.

Cuando los viejos quieren darnos un consejo, lo tomamos como una orden y de inmediato les decimos que no, que así no lo vamos a hacer, porque pues ya estamos grandes. Mi consejo es guardar las garras. Tus papás no quieren controlarte, sólo quieren guiarte. Te están dando lo que según ellos es la mejor opción, no una ruta para que fracases. Si no estás de acuerdo, hay mejores maneras de decirlo que groseramente decirles que se callen.

4. Pierde el miedo a decir lo que piensas. Tus papás por ser tus papás probablemente no sean personas con las que hables como hablas con tus amigos, ni hables de las mismas cosas. De ser así, qué afortunado. Si no, es probable que, como yo, sientas que no puedes contarle nada a tus papás sin que se enojen o te regañen.

En este caso se trata de encontrar cómo decir las cosas. Ya cuando uno está grande, casi independizado de sus padres, es cuando uno se da cuenta de lo importante que es aprender a compartir opiniones e ideas con los demás. Los papás no son una excepción. Claro, se debe mantener el respeto de siempre, pero a medida que uno madura y va viendo a sus padres más como compañeros que como autoridades, entiende que también es necesario intercambiar estos diálogos con ellos.

Pierde el miedo a charlar con ellos, a preguntarles qué piensan de ciertos temas, o de lo que sea.

5. Por último, recuerda que ellos también son personas. Hoy charlaba con mi novio de cómo muchas veces nos concentramos tanto en la idea de relación padre-hijo que nos olvidamos que el padre es una persona aparte de ser padre y que el hijo es una persona aparte de ser hijo.

Siento que por esto mismo, a veces los padres se olvidan de todas las cosas que pasan por nuestras cabezas a diario, los problemas que enfrentamos fuera de casa y las realidades que vivimos lejos de ellos. De igual manera, nos olvidamos que ellos, antes de ser padres, fueron igual que nosotros, que tienen sus sueños y sus metas y que también sienten miedo y han cometido errores. Los encasillamos al papel de papá y mamá sin tomar en cuenta que son hombre y mujer, hermanos, hijos, empleados o jefes, que son muchas cosas más que sólo nuestros papás y mamás.

Por eso te insisto en que recuerdes que tienen vida fuera del papel de papá y mamá, que también tienen ideas propias y que no sólo están para servirte. También recuerda que ellos pueden equivocarse y que están aprendiendo a ser padres como tú estás aprendiendo a ser hijo.

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